El 22 % de los argentinos aun vive bajo la línea de pobreza

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14:48 | Los datos pertenecen al Observatorio de la Deuda Social Argentina. Contra lo que dice el Indec y pese al crecimiento a “tasas chinas” de los últimos años, la pobreza persiste.

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A fines de abril, el aparato de medios afines al Gobierno multiplicó los titulares en los que se leía una noticia digna de ese país de ensueño llamado Argentina Año Verde. “La pobreza se redujo al nivel más bajo en los últimos treinta años”, titulaba Tiempo Argentino, citando cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Hace menos días, esta misma semana, el Observatorio de la Deuda Social (un centro de estudios e investigación dependiente de la Universidad Católica Argentina), aportaba su granito de arena al debate con la presentación de su nuevo informe sobre la realidad social nacional.

Un grano bastante más oscuro, por cierto. Pero no ya sólo porque cada cifra allí consignada multiplica varias veces la cantidad de personas y hogares en situación de pobreza, sino también porque pone el foco en un dato que todos los gobiernos (éste, ése y aquél de más allá también) se han encargado de escamotear: la persistencia de un núcleo irreductible de pobreza, aquí donde el mito cuenta que todo se da solo y a granel. Aquí donde las vacas y las mieses (corrección: los porotos de soja) abundan y podrían dar de comer a 320 millones de personas, no sólo hay quienes comen poco y salteado; hay también otros que -superada la instancia de la mera supervivencia- enfrentan males igual de letales. Se “enferman” de otras cosas: de falta de expectativas, de abandono, de hospitales sin medicamentos, de ausencia de sueños que vayan más allá de pasado mañana. Son los “excedentes”, esos que el sistema no sabe -nunca ha sabido- bien dónde acomodar. Los pobres crónicos, estructurales, esos que (más allá del nombre que se les dé) permanecen.

El Indec decidió que en junio de 2012 una familia de cuatro miembros comió, se vistió, se educó y hasta paseó por 1507 pesos para quedar del lado de arriba de la línea de la pobreza. De este lado de la realidad, en cambio, organismos no oficiales sostienen que se necesita casi el doble de ese dinero para hacer esas mismas cosas. Pero -y tal vez sea ésta la cuestión central- diseñar un ingenioso mecanismo contable para que los pobres sumen cero no es terminar con la pobreza. Es borrar la evidencia, no a las personas. Y la gente, dicho sea de paso, es bastante: 4.000.000 de personas según datos del Barómetro de la Deuda Social Argentina.

¿Por qué entonces -más allá de la reactivación del sistema productivo, del alegado crecimiento a “tasas chinas” durante varios años, más allá de los planes de transferencia de recursos y hasta de un insistente discurso a favor de “la equidad”- la marea de desplazados sociales persiste? Cuatro décadas atrás, el mexicano Oscar Lewis hablaba de una “cultura de la pobreza”. Hoy, demasiados compatriotas se ven forzados a sobrevivir en ella. ¿Por qué nada de todo lo hecho ha logrado repatriarlos del infierno en donde están?

Si lo que se mide es el ingreso de las familias y se constata que éste aumenta (aún cuando la inflación termine licuando ese incremento), hasta el concepto de pobreza se vuelve raquítico. Adelgaza, a tal punto de hacer de la pobreza la mera carencia económica que -si bien no es un dato menor- no da verdadera cuenta de un fenómeno multidimensional como éste. Comer todos los días no implica no ser pobre; es, como mucho, ser un sobreviviente. Y tal vez lo más alarmante del caso sea que -al ritmo que según la estadística oficial caen las tasas de pobreza e indigencia- dentro de poco asistiremos al surgimiento de un fenómeno asombroso: los pobres sin pobreza.

Gente que, de generación en generación, ha logrado subsistir con lo mínimo, sin haber accedido nunca a las herramientas necesarias para desarrollar una vida plena. Desaparecerán de la estadística pero seguirán allá afuera, haciendo -sin hacerla- la madre de todas las preguntas: ¿por qué, mientras el aparato productivo funciona y el consumo se recupera, la mejora no es para todos? En esa persistencia de la pobreza estructural hay quienes -como Eduardo Amadeo, ex ministro de Desarrollo Social de la Nación y actual titular del Observatorio Social- ven “un desafío, especialmente si consideramos que han pasado cinco años de fuerte crecimiento económico”. El mensaje que parece desprenderse de esta situación, dice, “es que es necesaria una definición más compleja de de las razones de esa pobreza, con el consecuente impacto sobre las maneras como se ha de trabajar el problema”.

En el mismo sentido, Agustín Salvia (coordinador de la Encuesta sobre la Deuda Social Argentina) apunta que “la pobreza estructural no cede y esa persistencia tiene que ver, en parte, con el mercado de trabajo en tanto el modelo económico no ha logrado generar un proceso de inclusión del sector informal de la economía”. Pero agrega, además, que “para una parte importante de esta población ya hay una cultura de la marginalidad y de la pobreza, instalada desde hace años y que hace muy difícil su incorporación a los formatos de empleo tradicionales: la economía argentina no ha sido capaz, hasta ahora, de general nuevos empleos o formas de empleo alternativas para que los sectores informales se puedan incorporar a una actividad regular y productiva”.

Algo parecido es lo que sucede con el déficit habitacional: los pobres crónicos están muy lejos de acceder a una casa digna, con todo lo que ello implica. En el capítulo del estudio especialmente dedicado al tema, Dan Adazsko explica que “la problemática de la vivienda digna y el acceso a ella no ha encontrado una solución [?]. Por más que se hayan construido cientos de miles de viviendas sociales, la oferta no llega a compensar nunca la demanda”. Y ahí está el crecimiento de los asentamientos irregulares para demostralo: los “invisibles” se vuelven visibles con sólo mirar las villas. Así, según un estudio coordinado por el sociólogo Eduardo Lépore, “la participación de la población en villas sobre la población total de la ciudad se triplicó entre 1991 y 2010”. En la emblemática villa 31, el crecimiento poblacional no cesa. Las construcciones ganaron en altura y surgió, en su ampliación hacia el otro lado de la autopista Illia, un segundo sector: la 31 bis. En la zona sur de la ciudad, en tanto, uno de cada cuatro habitantes vive en un asentamiento precario.

Gris de ausencia

Gimena es profesora de educación media y cuenta la última escena del último día como docente en un colegio de Lomas de Zamora, antes de pedir el pase. “Cuando entré, había dos chicos sentados en la ventana, que no tenía vidrios. Uno le depilaba las cejas al otro. Había una parejita besándose abajo de una campera. Los demás miraban por la ventana. Me di cuenta, en ese instante, que yo no tenía nada más que hacer ahí. No se puede enseñar así”, dice. Pero la postal que pinta no sólo no es original, ni novedosa: los chicos pobres van a escuelas pobres, donde se les enseña pobremente. Según Ianina Tuñón, responsable del estudio Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, “hoy ya no hay igualdad en términos de qué logra un chico con una credencial de secundario completo cuando es pobre o cuando es de clase media. Unos cuentan con bibliotecas y computadoras en su casa, y hasta con padres que los pueden ayudar con sus tareas. Los otros, no. Los chicos pobres quizá están más educados que sus padres, pero no logran un empleo que no sea precario. Y eso siempre y cuando terminen, porque 35% de los adolescentes de entre 18 y 25 años no lo hacen”.

Aquello que alguna vez fue certeza, el trabajo, la casa, la salud, el progreso a fuerza de esfuerzo y de estudio, hoy es incierto. De la educación, que fue pasaporte a un buen trabajo, Juan Llach, ex ministro del área, resume el fin de la quimera al decir que “la educación es un factor determinante en la superación de la pobreza y como mínimo en los sectores más vulnerables debería haber escuelas de la misma calidad que en los sectores más pudientes. Pero la realidad es muy distinta, porque lo que tenemos en la Argentina es una situación se segregación educativa aún dentro de las escuelas de gestión estatal. Lo que faltó fue voluntad política, porque recursos han habido”, dice.

Los chicos que conviven con sus mamás en prisión suelen dibujar lunas enrejadas, porque la cárcel se les vuelve catalejo. Con la pobreza sucede igual: cuando persiste, modifica brutalmente la mirada de quienes la viven. Los empobrece enteros. “Hay un autor que habla de las «ventanas de expectativas» y dice que si yo miro a mi alrededor y veo que todo es pobreza, mi expectativa será más pobreza”, señala Amadeo. “Tomemos el embarazo adolescente, que hoy es una pandemia. En el conurbano hay zonas donde 30% de los partos son de chicas menores de 18 años, y está probado que el hijo va a reproducir o a empeorar las condiciones de la mamá”. Gris sobre gris, ayer y ahora.

Plan B

B, de Brasil. B, la primera letra de una sigla, BRIC, que es como se denomina al bloque de creciente poder económico, político y cultural integrado además por Rusia, India y China. Brasil, el país que logró sacar de la pobreza nada menos que a 28 millones de personas. El caso es inspirador pero, ¿cómo lo lograron? Digamos, para comenzar, que no fue cuestión de programas sino de políticas. De políticas públicas, de decisiones consensuadas, sostenidas y complejizadas a lo largo de algo bastante parecido a ” o período mais largo do mundo “: 25 años. Tres presidentes, cinco mandatos y una estrategia múltiple para atacar a la vez y desde múltiples ángulos un problema que, como la pobreza, va mucho más allá de cuánto se gana por mes.

Así, por ejemplo, “mientras aquí se piensa sólo en términos de subsistencia, allí se dotó a los hogares pobres de capacidad de consumo”, explica Salvia. “Junto con la política de transferencia de ingresos hubo además un fuerte componente de articulación intersectorial. Se avanzó con mejoras en el hábitat urbano, en las condiciones de acceso a la vivienda, a la salud y a la educación. Fue una política integral de desarrollo social, porque la erradicación de la pobreza en Brasil es política de Estado. Nosotros, en cambio, somos erráticos, y se llevan adelante programas en función de cada coyuntura. De integral, nada”.

El punto es, otra vez, el mismo: la mirada. El alcance es eso que, o se mira a los ojos, o bien se oculta bajo la alfombra estadística. La superación eficaz de pobreza implica ideas, diálogo, decisión política y pensamiento estratégico. Implica, además, algo que también brilla por su ausencia: la medición de impacto. Ver cómo un determinado programa actuó sobre la vida de las personas y, llegado el caso, corregir el rumbo. Por lo demás, la acción real contra la pobreza no corta cintas ni recibe aplausos. El día (si es que algún día) en que el último pobre argentino deje de serlo, no habrá fotógrafos ni aplaudidores. Pero para eso aún falta. ¿Cuánto? El tiempo que tome animarse a mirar la realidad a la cara, y admitir que no se parece en nada a su retrato de campaña.

LAS CONCLUSIONES

21,9 % de argentinos pobres

En el último año. El total de indigentes asciende al 5,4%.

12 % de viviendas precarias

La deficiencia habitacional afecta especialmente a las familias con niños.

25 % de hogares sin asistencia

El dato se refiere al total de familias con problemas severos para afrontar los gastos básicos de alimentación.

Fuente: La Nación.

vb

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